Capítulo 1: “Giselle, mi nuevo nombre”
Las lágrimas de sangre continuaban fluyendo de
esos ojos rojos, junto con la culpa y el arrepentimiento.
Se secó las lágrimas y se tambaleo. Había
perdido fuerzas en esos cuatro interminables minutos que lloro a su víctima.
Se sintió mareada. Lloro tanta sangre que su
cuerpo parecía haberse quedado casi sin ella.
Necesitaba más, lo sabía y, lo más preocupante,
lo querría.
Dejo de mirar el cadáver de Giselle, no podía más con ello.
Simplemente, lo hizo. Corrió, lejos, lejos de allí, del prado de flores manchado con la muerte y
la sangre.
Cuando se quiso dar cuenta, ahora se
encontraba…en otro lugar. Parecía ser los límites de un poblado, debido a que
veía con claridad un pueblo a lo lejos.
Se tambaleo, la falta de sangre se hacía cada
vez más y más intensa, casi agonizante.
Se apoyó contra un árbol y, finalmente, cayó
sobre el pasto.
Allí, en la sombra del robusto árbol, escondió
su rostro en sus rodillas, logrando que el largo pelo caoba le cubriera el
rostro.
“No llores, no llores” se repetía a sí misma,
con desesperación.
Mas la preocupación más urgente era otra ¿Beber
o no beber? ¿Vivir o no vivir?
León jugaba a las escondidas con sus amigos.
Pero no podía encontrarlos.
“Se habrán escondido muy bien” pensó el niño,
enfadado.
Miro a todos lados de ese pequeño poblado.
Nada. ¡Y eso que busco en la mitad del pueblo!
“¡Seguro hicieron trampa y se ocultaron en el bosque!
“Pensó, enfadado.
Y sin
pensarlo siquiera unos segundos, se adentró en la espesura de las flores,
hasta adentrarse en el bosque.
Luego de unos pasos muy sigilosos, (¡quería
darles a sus amiguitos una sorpresa!), escucho un ruido a unos pocos pasos de él.
“¡Ya he encontrado a uno!” se alegró y muy
sigilosamente camino unos pasos más, sin hacer ningún tipo de ruido.
Un sollozo ahogado es oyó luego. Alguien
llorando.
El pequeño miro a su alrededor. Arboles enormes,
de más de cinco metros y con los troncos tan robustos que, quien sea que
estuviera llorando, quizás se habría escondido detrás de uno de ellos.
Unos pasos más a la derecha y descubrió quien
era el que sollozaba.
Mejor dicho, la bella que sollozaba. Aunque con
el rostro tapado por sus rodillas, se veía hermosa. A ojos de León era la mujer
más hermosa que él hubiese visto jamás.
El solo conocía campesinas y a algunas nobles
que pasaban por sus carruajes por el pueblo. Algunas, incluso asomaban su
cabeza por la ventana de su elegante
carruaje.
Algunas, tanto campesinas como nobles, eran bonitas,
pero no tenían comparación con ella.
Ella poseía la piel más blanca que la nieve, muy
similar a los ángeles de los que León había oído hablar en la Iglesia.
Le toco el hombro para llamar su atención.
-
¿Señorita? ¿qué le pasa?
El joven alzo el rostro y toda la belleza que
pudo ver el niño en ella, se vio totalmente opacada por la sangre que cubría su
hermoso rostro.
Ella se levantó, sus ojos rojos chispeando
hambrientos. Ante la mirada de horror del pequeño, la joven lo tomo por los
hombros y lo mordió .Grito, le dolía, pero, poco a poco, ese dolor se fue
transformando en sopor debido a la pérdida de sangre.
Un sopor que lo acompaño hasta la muerte.
Ella soltó el cuerpo del niño. Se tocó la cabeza,
sus fuerzas rehabilitadas y sus sentidos, otra vez, al máximo.
Y , con
ellos , otra vez , la culpa.¿ Cuánto debería haber tenido ese pobre
niño?¿ Seis años?¿ Ocho?. Una familia que nunca lo vería regresar del bosque y
una vida que el jamás podría vivir. Pero se negó a llorar. Sabía que de hacer
ello solo la haría más peligrosa.
A como el cadáver del niño y, asustada con la
idea de que los aldeanos la descubrieran, corrió entre los árboles.
Habían pasado dos semanas y Giselle, como decidió
llamarse en memoria de su primera víctima, comenzó a notar cambios en ella.
Por ejemplo, nunca sentía hambre o sed, más si
fatiga por caminar o sueño.
La sed no había vuelto en esas casi dos semanas.
Por los días y las tardes viajaba pueblo en pueblo,
tratando de buscar alguna cara conocida.
Dormía en el bosque, en una “cama” de hojas que
ella misma se hacía cada noche.
Ese día se cumplían las dos semanas, pensó,
levantándose de su “cama” y bostezando abiertamente. Quizás lo de aquellas dos
semanas solo sucederían un par de veces y ya.
Quizás no era una asesina para toda la vida.
El día de ayer había llegado a ese pueblo, pero
no tenía oro para pagar la posada. De todos modos, ya se estaba acostumbrando a
dormir en las hojas y el pasto con roció.
Se quitó una hoja del pelo, ahora más enmaraño
que nunca.
“Es hora de darme un baño” pensó, después de
sentir en su piel el aroma a sangre, sudor y tierra.
¿Dónde podía bañarse? Ya daba asco como olía y así
no quería seguir viajando. Del tema del oro se ocuparía después.
Camino unos metros hasta la orilla de un pequeño
lago.
Perfecto. No había nadie en los alrededores y se
podría darse un baño tranquila.
Se desvistió. Pese al aire fresco de la mañana
que soplaba, no sentía frio. Como siempre.
El agua, fresca y cristalina, le borro, físicamente,
todos los recuerdos acontecidos en esas dos semanas.
Se froto el cuerpo hasta acabar con la sangre impregnada
en su piel.
Sintió una presencia a unos metros de ella.
Un hombre barbudo se hallaba en la orilla del rio,
con una sonrisa pervertida en sus labios. Rápidamente, se bajó los pantalones, y,
adentrándose al lago, nada hacia donde estaba Giselle.
-
No intentes gritar, preciosura.
Nadie te oirá- comenzó a decir, devorando el cuerpo desnudo de la joven con la
mirada.
Giselle no sintió miedo, ni vergüenza. Solo asco
y odio hacia ese tipo.
También, el ardor en el cuello que volvía.
-
¿Sabes que, desgraciado? Creo que
nadie te oirá gritar a ti… - dijo y se acercó, ante la mirada de terror del hombre,
sus colmillos crecieron y sus ojos se tornaron rojos.
El tipo se hecho a gritar, y luego a nadar, tratando,
en vano, de llegar hasta la orilla.
No pudo. Giselle uso su velocidad, lo atrapo. Sonriendo,
una sonrisa llena de satisfacción por lo que pasaría un segundo después, mordió
al hombre en la yugular.
Al principio, el tipo se resistió, pataleando en
el agua y moviendo los brazos, en un esfuerzo inútil por liberarse.
En unos pocos minutos dejo de gritar y tratar de
soltarse para caer en un sopor. Unos segundos luego, estaba muerto.
La joven
observo el cuerpo flotar en el lago, manchando de sangre fresca toda esa
hermosa agua cristalina que, minutos atrás, ella había admirado.
Giselle sonrió. Sus carnosos labios se curvaron
en una sonrisa peligrosa. Por primera vez,
disfruto matando.
Ahora, el tema era este ¿cómo hacía para
deshacerse del cadáver del hombre?
Se llevó el cuerpo con ella hasta la orilla.
“Pero, primero, tengo que vestirme “pensó.
Lo hizo rápidamente y cuando termino, observo el
bolso del tipo.
Lo abrió
y se encontró con un pequeño emparedado de carne de cordero, un mapa,
tres mudas de ropa y diez monedas de oro.
“Esto me va a servir” se dijo y observo el
cuerpo sin vida.
-
En cambio, tú ya no me sirves de
mucho - comento, despectivamente.
Tenía que buscar una forma de
deshacerse del cadáver. Observo a su alrededor. Piedras de diferentes tamaños
se hallaban en la orilla del lago. Espinas en un árbol y la camisa del hombre
deshilachada.
Con todo eso, abrió el vientre
de su víctima con la ayuda de las espinas. Coloco piedras de gran tamaño dentro.
Y, con la ayuda del hilo y de la espina ya manchada de sangre que le sirvió de
aguja improvisada, cosió el estómago.
Levanto el cuerpo en el aire
con facilidad, sorprendida por su propia fuerza y lo lanzo a la parte más
profunda del lago.
Se peinó con sus dedos sus
largos cabellos.
Ahora tenía algo de oro y ropa
para seguir con su viaje, sin descubrir aun, que, más allá de lo que le dijera
su conciencia, estaba comenzando su adicción a la sangre…
Los siguientes tres días, fueron
de pueblo en pueblo. Según el mapa estaba en Rumania, Valaquia.
Quería ahorrar todo lo posible
sus modernas de oro y, por esa razón, esos
días continuos durmiendo en el bosque.
Pero, esa mañana, se cansó de dormir en las hojas.
Podría darse el pequeño lujo de
dormir en una cama en una posada ¿no?
Camino unos metros fuera del bosque,
en donde comenzaba la aldea.
Vio a un par de niños jugando a
las escondidas y sintió una opresión en el pecho.
Ver a las jóvenes tampoco ayudó mucho, le recordaban a Giselle.
¿Así iba a ser su vida? ¿Torturada
por los recuerdos de sus homicidios?
Ladeo la cabeza y fue a la
posada más barata del pueblo. Pidió una habitación por una noche.
La posadera, una mujer regordeta,
la observo con desagrado. Sus ropas de hombre le quedaban muy grandes.
Giselle, al notar esto, ahogo
un suspiro de fastidio.
-
¿Eres una viajera?
-
Si, voy aquí, allá, usted sabe, a
donde me lleve el viento.
-
En ese caso, deberías comer algo.
Estas muy pálida- sentencio la mujer, poniéndole delante un trozo de pan de ajo.
-
Gracias – agradeció Giselle, tomando el trozo de pan. Luego, se lo llevo a
la boca y lo mastico despacio.
-
No des las gracias. Es una moderna
de níquel por ese trozo –
-
¿No está incluido en el alquiler de
la habitación?- pregunto ella, enfadada.
-
No, niña- respondió austeramente la
posadera.
Giselle termino de comer el bendito pan de ajo y,
sin saber qué hacer, se quedó aburrida en su habitación.
La cama no era mullida, pero que más daba, era una cama al fin y al cabo, pensó.
Hola Juli! Me encantó!!! en el transcurso de los distintos escritos que vas publicando veo un avance y maduración de tu forma de escribir. Mejor dicho, pareciera que estas construyendo un estilo. Me parece interesante y atractivo.
ResponderEliminarSobre la historia en sí: la pobre Giselle parece estar descubriendo su propia naturaleza. Me gusta la ambientación, el medioevo verdad? Me parece muy interesante y atrapante tanto la historia principal como las pequeñas historias que se van tejiendo a su alrededor. Me gustan las escenas cotidianas, enriquecen la trama y me permite conocer pequeños detalles de los protagonistas. Gracias!